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Todos los caminos conducen al Betis

Dicen que todos los caminos conducen a Roma. A Tajo 13 le ocurrió al revés: fue Roma la que abrió un camino hacia el Betis.
Todo empezó en noviembre de 2022, después de una de esas noches europeas que parecen empeñadas en durar más de noventa minutos. El Betis había ganado en el Olímpico y la alegría regresaba a Sevilla metida en las maletas, en los teléfonos, en las conversaciones de aeropuerto y en esa costumbre tan bética de seguir jugando los partidos felices muchas horas después de que hayan terminado.
En aquel viaje, un grupo de amigos terminó de poner nombre a una idea que llevaba tiempo rondando. Querían juntarse para vivir el Betis de otra manera. No solo durante el partido, sino también antes y después. Tener un lugar propio. Una barra, unas paredes, una conversación que pudiera empezar varias horas antes de que rodara la pelota y continuar cuando el estadio ya estuviera vacío.
Así nació Tajo 13.

Su primera casa estuvo en Tajo 8, a pocos pasos del Benito Villamarín. Era, de hecho, la peña más cercana al estadio. Allí empezó a tomar forma algo que con el tiempo ha terminado siendo mucho más que una sede social. El crecimiento de la Peña en pocos meses obligó a pensar en la ampliación y apareció la oportunidad de mudarse unos pasos aún más cerca del Estadio, Doctor Fleming 5. La nueva sede, frente a la puerta de cristales del Villamarín, no existe nada más cerca, comenzó las obras. Y mientras los albañiles trabajaban dentro, al otro lado de la calle comenzaba otra obra bastante más grande. El Betis se marchaba temporalmente a La Cartuja y la vieja grada de Preferencia empezaba a desaparecer. No era una grada cualquiera. Era parte del paisaje sentimental de varias generaciones de béticos. La de los domingos de sol y las noches europeas. La de las derrotas y las tardes de gloria. La de los padres llevando por primera vez a sus hijos al estadio, los abuelos señalando un asiento y los amigos que durante media vida se habían encontrado en la misma puerta y a la misma hora.
Mientras una nueva sede nacía en Doctor Fleming, enfrente se desmontaba una parte de aquella memoria. Y entonces, el balcón de la peña, en su primera planta, se convirtió casi por accidente en uno de los lugares más privilegiados de Heliópolis y de la Ciudad del Betis. Un balcón directo al corazón de las obras del nuevo estadio. Donde antes estaba Preferencia comenzaron a aparecer máquinas, hierro, tierra removida y las primeras señales de lo que algún día será la nueva casa del Betis. Y al terminar dejaron abierto el campo mirando hacia la Peña, como si esta fuera una continuación del mismo. Tajo 13 decidió que aquella vista no tenía demasiado sentido si se quedaba solo para quienes pudieran asomarse físicamente al balcón. Decidieron compartirla. Colocaron una cámara para que cualquier persona del mundo pudiera seguir las obras de nuestro particular campo de sueños. Un ojo verdiblanco abierto permanentemente frente al estadio. Un bético que viviera a dos calles podía mirar cuánto había avanzado la obra aquella mañana, pero también podía hacerlo otro desde Londres, Australia, la novena provincia, Cincinnati o cualquier lugar a cientos de kilómetros. Las exigencias legales de una construcción de esa envergadura terminaron obligando a apagar la retransmisión, pero aquella cámara había conseguido convertir durante unas semanas un balcón particular en una ventana para todo el beticismo.
Mientras tanto Doctor Fleming cobró vida con The Club by Tajo13, restaurante y lugar de encuentro abierto a los socios de la peña y a cualquiera que quiera acercarse. Mesas, barra, terraza y esa ceremonia sencilla pero esencial del fútbol que consiste en encontrarse alrededor del Betis incluso cuando el balón está quieto.
La mudanza del equipo a La Cartuja obligó a cambiar algunas costumbres. De repente había que aprender una ruta distinta. El estadio se había desplazado y con él también debía hacerlo la previa. Tajo 13 decidió convertir ese problema en una oportunidad. Una de las soluciones fue el Quiosco el Naranjal del Alamillo. Y para desplazarse hasta el estadio un trenecito turístico. Uno de esos vehículos con pequeños vagones que parecen pensados para recorrer tranquilamente un parque terminó vestido de verde y blanco y transportando aficionados hasta la puerta del Estadio. No tiene raíles, pero cualquiera diría que se ha aprendido perfectamente el camino.
Y dentro viaja algo más que gente. Viajan camisetas, conversaciones, risas, alguna cerveza y esa impaciencia alegre de quien sabe que el partido empieza mucho antes del pitido inicial. Pero si La Cartuja obligaba a buscar nuevas rutas, Sevilla ofrecía una demasiado evidente como para no aprovecharla. El Guadalquivir. Antes del partido contra el Real Madrid, 240 béticos embarcaron junto a la Torre del Oro para llegar al estadio por el río. Solo la imagen ya explica buena parte de la historia. La Torre del Oro alejándose, las dos orillas pasando lentamente, camisetas verdes, bufandas, copas levantadas, conversaciones que poco a poco se convierten en canciones y La Cartuja esperando al final del trayecto. El partido duraría noventa minutos. El recuerdo había empezado bastante antes. Ahí está quizá la gracia de todo lo que está construyendo Tajo 13: conseguir que el camino también forme parte del partido. Que la jornada no sea simplemente llegar al estadio, sentarse, ver fútbol y regresar a casa. Convertir el trayecto en parte de la experiencia.
Ahora aparece el Barcelona en el calendario y el barco vuelve a prepararse. Y la idea vuelve a ser la misma: no se trata de algo reservado exclusivamente a los socios de la peña. La invitación alcanza a béticos de otras peñas, aficionados que llegan por primera vez y cualquiera que quiera probar otra forma de vivir una previa. Hay alegría suficiente para repartir. Precisamente “Barrio de la Alegría” es el nombre que ellos mismos han elegido para explicar lo que están construyendo alrededor de Tajo 13. Y la expresión encaja especialmente bien en Heliópolis. Porque un barrio nunca es solo un conjunto de calles. Es una esquina, un bar, una tienda, un saludo desde una ventana, el camarero que sabe lo que vas a pedir antes de que hables, el vecino que pregunta por tu padre y los niños que van creciendo mientras los mayores siguen ocupando la misma mesa. Con los años, un barrio acaba convirtiéndose en algo más difícil de localizar en un mapa: una forma de reconocerse. El Barrio de la Alegría tiene algo de eso. Tiene una peña, un restaurante, un balcón, un tren y un barco. Pero, sobre todo, tiene gente que llega y gente que encuentra sitio. Y hay algo interesante en reivindicar precisamente la alegría alrededor del Betis.
Durante mucho tiempo hemos explicado el beticismo a través del sufrimiento. La fidelidad en las derrotas. Los años malos. La resistencia. Esa capacidad extraordinaria de una afición para quedarse cuando casi todo invita a marcharse. Es verdad. Forma parte de la historia. Pero junto a esa herencia existe otra igual de bética y quizá mucho más sencilla: la felicidad de ser del Betis. La felicidad pequeña. La cerveza antes del partido. El mensaje preguntando a qué hora quedamos. Un amigo esperando en la puerta. Un niño estrenando camiseta. Un abuelo contando por enésima vez una historia que todos conocen y que todos vuelven a escuchar. Un balcón desde el que imaginar terminado un estadio que todavía está lleno de grúas. Un tren verde atravesando Sevilla. El Guadalquivir convertido por una tarde en carretera hacia el fútbol. Quizá los grandes recuerdos se construyan exactamente con esas cosas. Tajo 13 nació después de una noche feliz en Roma y desde entonces ha ido creciendo con una curiosa costumbre: convertir las ocurrencias en experiencias. Alguien mira un balcón y piensa en poner una cámara. Alguien ve un tren turístico y se pregunta si podría llevar béticos al estadio. Alguien mira el río y descubre una carretera hacia La Cartuja. Y un día aquella idea que parecía una locura lleva 240 personas a bordo. Soñar suele funcionar así. Primero aparece una imagen. Después alguien decide ponerse manos a la obra. Y, si todo sale bien, termina convirtiéndose en un recuerdo que mucha gente contará durante años. Quizá una peña sea, en su sentido más bonito, exactamente eso: una casa desde la que salir juntos hacia el Betis y a la que regresar después con una nueva historia que contar. Roma puso la primera piedra sentimental de Tajo 13. Después llegaron Tajo 8, Doctor Fleming 5, el balcón, las obras del Villamarín, La Cartuja, el tren y el Guadalquivir. Vendrán más. Porque cada generación acaba encontrando su propia manera de llegar al Betis. Y cada bético guarda también la suya: la mano que lo llevó por primera vez, una calle concreta, un autobús, el coche de su padre, una caminata desde casa, una cerveza siempre en el mismo bar o una canción que empieza exactamente en el mismo punto del recorrido. Los caminos cambian. El destino, no demasiado. Dicen que todos los caminos conducen a Roma. En este particular Barrio de la Alegría han decidido demostrar que, de una manera u otra, siempre terminan llevando al Betis.
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