La última leyenda del Gol: Rubén Castro

Por Fernando Ruiz de Alarcón

Rubén Castro jugó su primer partido como profesional el 3 de octubre de 2001. ¿Para qué esperar para presentarse?
Es más, ¿por qué hacerle un solo gol al Madrid de los Zidane, Casillas, Guti o Raúl y demás estrellas del firmamento futbolístico merengue, cuándo podía hacerle 2? Aquella noche el debutante canterano isleño firmó todo un doblete.
Desde entonces, la historia del pequeño goleador de 1,69 cm de altura (1,74 cm según su casa representante Bahía Internacional) sigue viva. Con sus anotaciones en los partidos postconfinamiento, se ha situado, nada más y nada menos, entre los 7 máximos goleadores de la historia de las 2 primeras Ligas españolas.

Rubén, el hombre que soñaba con el gol

Con 19 temporadas en el fútbol profesional y a sus 39 años de edad sigue rompiendo récords y estadísticas. Es reconocido como hombre gol de muchos equipos, entre ellos, el Real Betis Balompié. Su vivo recuerdo como delantero heliopolitano está aún muy reciente. Cuesta verlo en las alineaciones titulares del Cartagena y haciendo su trabajo a la perfección, anotando goles hasta convertirse en historia viva del fútbol nacional. Pasarían equipos y temporadas varias hasta recalar en Sevilla procedente del Deportivo de la Coruña, petición expresa de Pepe Mel que, precisamente hoy, es también su entrenador en Las Palmas. El técnico madrileño ya lo conocía al haberlo dirigido anteriormente en el Rayo Vallecano. Castro tendría 29 años en aquel verano del 2010 cuando firmó por el Real Betis un contrato de 3 años que, al final, se convirtieron en 9 temporadas, 290 partidos, 148 goles y 35 asistencias de gol.

“Rubén, Rubén Rubén…”

El cariño de los béticos hacía su persona no solo viene por los goles anotados como trabajador de la entidad verdiblanca. La presencia del pequeño Rubén fue lo único positivo en una época de renacimiento de un Club devastado por la gestión delictiva de la anterior directiva, formada por Lopera y su arboleda de secuaces, quienes inhabilitaron al Betis impidiéndole situarse entre los más grandes. Rubén fue una gota de agua en un desierto. Un aspirante a internacional en tiempos de Figueras y Matillas, la clave de la existencia en tiempos en los que la administración intentaba enderezar un barco a la deriva. “Rubén, Rubén Rubén…” bajo estos sones fue despedido del Benito Villamarín en una noche de agosto de 2018. Héroe y leyenda, aclamado y querido. Como tantas otras veces, el isletero fue vitoreado por la afición bética que se dio cita en su partido de despedida con la camiseta de las 13 barras. Hablemos de su tiempo en Sevilla. Rubén sonreía si marcaba, el gol era su alimento, su razón de ser. Dentro de la maleta llena de recuerdos como bético podrán encontrarse goles de enorme belleza y ejecución. Otros no tan bellos, pero igual o más importantes; y también los habrá que ni él mismo recuerde. Si por algo puede reconocerse al Rubén del Betis ha sido por su capacidad anotadora. Aprovechaba los espacios como nadie para armar cualquiera de sus dos piernas y disparar entre los 3 palos. También era especialista en el golpeo de balón parado e iba fenomenal de cabeza. Era el terror de los porteros. Noble en el campo, rara vez se tiró para simular una falta y nunca fue expulsado por roja directa. Probablemente, ha sido el mejor delantero de la historia del Betis, y nosotros, nuestra generación, hemos tenido la suerte de poder verlo jugar… ¡Y que siga firmando muchos más récords!

Aún es recordado en el Villamarín...

Hubo unos años en el que, nuestro equipo, eran Rubén Castro y 10 más. Tiempos en los que el menudo delantero protagonizaba con sus goles partido tras partido, hasta llegar a ser héroe de una afición sufridora, pero que sabía recompensar aquello que daban sus jugadores. Muchos son los partidos en los que Rubén llegó, anotó y venció. Personalmente recuerdo dos de ellos, uno en Llagostera, un empate a 2 en un campo impracticable para el fútbol para todo jugador, menos para Rubén, al que no le importaba el estado del pasto para hacer su trabajo. Otro partido, aquel ante el Alcorcón en el que anotó dos goles, firmando el ascenso del Real Betis Balompié. Desde entonces, el equipo se mantiene en la mayor competición futbolística existente en el mundo. Aquel año, año de Velázquez, Merino y Mel, el canario sumaría la friolera de 32 dianas en Liga, un promedio de 0,72 goles por partido, anotando en los 7 últimos encuentros. Los goles de Rubén fueron de todas las formas y colores. Goles de vaselina, de uno contra uno, de cabeza, de tiros de fuera del área, de falta directa. En casi todo tuvo como compañero a Jorge Molina. Fueron muchos partidos en los que los dos delanteros tuvieron que salir al rescate del equipo. Pocas veces habrá habido una pareja de delanteros con tal entendimiento como el que mostraron la pareja formada por Castro-Molina. Y es que, en la historia del Betis, el tándem que han existido han sido de enorme calidad: los Aeso-Aedo, Cardeñosa-Gordillo, Alfonso-Finidi, Joaquín-Oliveira y el dúo del que hablamos.

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