Crónica de un Cambio en nuestra historia: El Real Betis y la Final de Copa de 1977
El Real Betis y la Final de Copa de 1977 permanecen suspendidos en la memoria colectiva del fútbol español como un instante en el que el deporte y la historia caminaron de la mano. El Estadio Vicente Calderón, iluminado por un verano que acababa de empezar, acogió un partido que superó cualquier definición deportiva.
España venía de una resaca poselectoral, ya que había puesto la guinda al proceso de recuperación de libertades, consumando sus primeras elecciones democráticas en más de cuatro décadas, y el país avanzaba con una mezcla de vértigo y esperanza hacia un futuro desconocido.
En ese contexto, la final de Copa entre el Athletic Club y el Real Betis Balompié se convirtió en un símbolo de la nueva etapa que se abría paso.
En el palco, la presencia de los monarcas y de figuras políticas como Adolfo Suárez y Felipe González otorgaba al encuentro un peso institucional extraordinario. La antigua “Copa del Generalísimo” quedaba atrás, y la I Copa del Rey emergía como un gesto de reconciliación nacional.
Mientras tanto, en las calles de Madrid, las aficiones vasca y andaluza compartían cánticos, colores y una convivencia que habría sido impensable pocos años antes. Ikurriñas y banderas verdiblancas ondeaban juntas en un ambiente que respiraba libertad recién estrenada.
Ese clima alimentó la ambición del Real Betis, un club que llevaba casi medio siglo sin levantar un título. La final de 1977 representaba una oportunidad histórica para cerrar heridas, romper maldiciones y reclamar un lugar entre los grandes del fútbol español.
Dos mundos frente a frente: tradición vasca y renacimiento verdiblanco
El Athletic Club llegaba como el gran dominador del torneo, con 22 títulos en sus vitrinas y un equipo repleto de figuras como Iribar, Dani o Txetxu Rojo. El conjunto de Koldo Aguirre mantenía un aura de autoridad que imponía respeto tanto en territorio nacional como en Europa.
Enfrente se situaba el Real Betis de Rafael Iriondo, un técnico que conocía al Athletic como pocos. Su pizarra combinaba experiencia, serenidad y una lectura profunda del rival. El Betis afrontaba la final con bajas sensibles: los extranjeros Mühren y Atila Ladinsky, el «apátrida» no podían participar por normativa, y Rogelio, la zurda de caoba y alma técnica del equipo en años anteriores, había ya disputado su último baile y no se encontraba en la forma que pudiera exigir un partido de tal categoría.
En la temporada, solo tuvo presencia en 3 encuentros de Copa y 1 de Liga. Aun así, solo su presencia en el banquillo era motivo de respeto para el club de su vida. Aun así, el bloque verdiblanco reunía jerarquía y talento.
Biosca, Alabanda y Javi López aportaban solidez, mientras que un joven Rafael Gordillo, todavía ficha del filial, irrumpía con una naturalidad que anunciaba una carrera legendaria.
La voz del héroe:¿Cómo recordaría Esnaola la noche que cambió la historia del Betis?
Siempre fui un hombre de pocas palabras. En el vestuario me llamaban “el inglés” por mi carácter tranquilo, por esa forma de transmitir seguridad sin levantar la voz. Me plantaba bajo los palos confiando en mi oficio, sin guantes, sintiendo el balón directamente en mis manos. Pero existen silencios que terminan resonando más que cualquier grito, y la noche del 25 de junio de 1977 fue uno de ellos.
El calor era insoportable y el Calderón rugía con 70.000 almas alrededor. Cuando salimos al campo, levanté la vista y vi al otro lado la figura inmensa de José Ángel Iribar. Él era mi referencia absoluta, el portero que había marcado una época.
Años atrás, Kubala me llevó a la selección como su suplente porque prefería porteros altos, y yo apenas alcanzo el metro setenta y cuatro. Aun así, Iribar siempre me trató con respeto. Enfrentarlo en una final era un desafío emocional además de deportivo.
El Athletic venía herido tras perder la final de la UEFA, pero seguía siendo el rey del torneo. Nosotros éramos un equipo valiente, guiado por la serenidad de Iriondo, y con jugadores que practicaban un fútbol que priorizaba la calidad técnica a la resistencia física.
El partido fue una prueba de supervivencia. Carlos marcó para ellos en el minuto 14. Javi López empató justo antes del descanso. En la prórroga, Dani volvió a adelantarlos en el 97. Y cuando parecía que la Copa viajaba a Bilbao, Cardeñosa ejecutó un libre directo perfecto y López cabeceó el 2-2 en el 116. Aquel gol nos devolvió el alma.
Pasada la medianoche, llegó la tanda de penaltis. Una tortura interminable. Cardeñosa falló el quinto lanzamiento. Sabía que debía sostener al equipo. Era el turno del penalti de Dani, lo conocía, solía hacer una pausa y cruzar el balón. Le aguanté la mirada hasta el final. Cambió su tiro. Lo paré. Poco después detuve también el lanzamiento de Villar.
«Y me tocó lanzar…»
Llegó un momento en que mis compañeros estaban exhaustos. Me tocó lanzar. Yo, que evitaba tirar penaltis incluso en pretemporada. Caminé hacia el punto de cal con Iribar frente a mí. Golpeé con el interior y marqué. Al cruzarme con él, bajé la mirada y le susurré: “Lo siento”. Era una disculpa sincera hacia el hombre que más admiraba.
La tanda siguió. Detuve un penalti a Txetxu Rojo, pero el árbitro ordenó repetirlo. En el segundo intento, Rojo marcó. Bizcocho, el coriano que tenía pánico a los penaltis, sacaría su raza verdiblanca convirtiendo el suyo con una valentía admirable.